La necesidad de una reflexión profunda en el sector forestal

 

Los escenarios económicos inmediatos no parecen ser esperanzadores. Esto lleva a una reflexión profunda en torno al sector forestal.

 

Si durante los años de vacas gordas, para este sector, la consignación presupuestaria era más bien escasa; cada vez más se evidencia que el futuro más próximo será el de una consignación prácticamente nula. Ante esta evidencia hay que abrir un periodo de reflexión profunda en el seno de este sector.

 

La práctica supresión de las subvenciones puede que sea, en el fondo, un elemento que serene la situación del sector. Hasta ahora, todo parecía que el sector forestal y las subvenciones públicas eran el mismo, mientras que la realidad era bastante diferente. De hecho las subvenciones forestales han tenido, a nivel territorial, una incidencia mínima en cuanto que su destino geográfico ha sido muy localizado, principalmente en la Cataluña vieja, dejando amplias zonas de la Cataluña nueva y el Alt Pirineu sin subvenciones.

 

De una vez por todas, el sector forestal catalán debe pensar qué quiere ser el día de mañana. Debe pensar qué quiere ser el día que sea mayor; aquel día que se empezará a ganar la vida sin contar con la semanada del “papá-gobierno”. Quizás ahora que el “papá-gobierno” no puede pagar la semanada será un buen momento para salir del nido y empezar a volar por cuenta propia.

Es preciso, en primer lugar, que el sector forestal defina, con mucha más concisión que lo que pueda determinar el Plan de Política Forestal, al que quiere designar la producción forestal. Hay que determinar a qué quiere dedicar una producción espontánea de los bosques. Por el tamaño que tiene nuestro país no hay lugar a crear más de tres o cuatro formas de consumo principal. Ni de lejos hay que pensar en soluciones localistas ad hoc para que a nivel de grandes trazos de país es imposible sostener demasiado modelos.

 

En segundo lugar, el sector necesita hacer un análisis económico serio de la viabilidad de este segmento del mercado. Es necesario, pues, que el sector elija qué modelos de producción y qué productos son realmente viables y qué productos y modelos de producción son inviables. Los que sean inviables económicamente habrá que relegarlos en el armario de romanticismo y centrarse en aquellos modelos que sean realmente viables. Viables, económicamente, significa aquellos que lo puedan ser sin la ayuda de las subvenciones.

 

En tercer lugar, y antes de relegar todo lo que no es viable en el armario del romanticismo, habría un análisis de las posibilidades de "salvar" algún modelo. Este intento de salvamento debería salir de una exploración de costes vinculado, quizás, a las técnicas productivas y extractivas. Entre estos costes hay que incluir, indistintamente, los costes materiales y los costes administrativos. El caso más típico es el de las rentas cinegéticas, que bien llevado, y superando el anticuadísimo modelo de sociedades de cazadores actual, podría derivar hacia un cierto turismo de caza que, apalancado en el turismo rural, podría permitir discretos nuevos ingresos a determinadas comarcas.

 

Los costes administrativos, derivados de una administración forestal anticuada y doctrinaria, tienen la apariencia inicial de ser relevantes y por lo tanto habría que incidir a fondo. La superación de limitaciones atávicas o dogmáticas debería ser uno de los pilares de la reflexión en torno al sector forestal. En este nivel sería recomendable no tener miedo de plantearse, abiertamente, la conveniencia de recolecciones forestales mediante cortas a hecho, la modificación de las estructuras de algunas masas forestales, o bien la selección de cultivares y variedades genéticamente más adaptadas.

 

Un cuarto elemento de reflexión, y derivada de la anterior, debería centrarse en la necesidad de una administración forestal tan intervencionista. Hay que poner sobre la mesa si realmente es necesaria una administración forestal de la magnitud de la que tenemos o se puede evolucionar hacia modelos donde la corresponsabilización del sector privado es mayor, tal y como ocurre en sectores como el aeronáutico o el sector eléctrico.

 

Esta reflexión debe abarcar ciertos apéndice hoy considerados intocables pero que visto con mirada crítica, hoy, presentan muchas dudas sobre su utilidad administrativa. Cualquier tormenta de ideas en torno a la administración forestal debería permitir hablar, desapasionadamente, sobre el redimensionamiento del cuerpo de agentes rurales, la duplicación de intervenciones con la Agencia Catalana del Agua, la conveniencia, o no, de la privatización del Centro de la Propiedad Forestal, o la influencia perniciosa, o no, de tantas figuras superpuestas de protección ambiental. Todos estos tabúes y demás, deben poderse poner sobre la mesa para analizar de manera realista.

 

En quinto lugar se debería analizar las estructuras de mercado, y ahora más que nunca, el efecto derivado de la falta de diversidad en la demanda y cómo esta falta de diversidad afecta a los precios de compra-venta de la madera. El fomento estructurado de más industrias de primera transformación y la competencia en la demanda materia prima parecerá, a priori, que podría derivar en una subida de precios en origen.

 

En sexto lugar hay que reflexionar sobre el futuro de unas masas forestales no viables económicamente. Aquellas masas que habíamos dicho de relegar al armario del romanticismo, pero que al fin y al cabo están allí. De estas masas algo se tendrá que hacer. Su simple existencia implica gastos, la primera de todas su gestión frente a desequilibrios naturales, el principal de los cuales los incendios forestales. Incluso para estas masas habría que pensar una estrategia de futuro.

 

Son masas que generalmente están ubicadas en lugares remotos donde, incluso, su orientación hacia producciones forestales no madereras (como setas) o bien ocio paisajístico puede ser difícil. En estos casos habrá que aceptar modelos de gestión de bajo coste, con resultados mejorables, pero inasumibles económicamente. Prácticamente deberá plantearse una estrategia de mínimos enfocada a la no desertización ya la protección contra la erosión.

 

En séptimo y último lugar el sector forestal, administración aparte, debe hacer un esfuerzo de consenso importante y auto-imponerse una política forestal para todo el país. Una producción tan dilatada en el tiempo (los turnos forestales de Cataluña están entre 60 y 80 años) son incompatibles con el corto plazo de cuatro años que dispone la clase política (y todavía). Así el sector productor debe ser capaz de trazar una hoja de ruta, consistente y sólida, hacia una nueva política forestal, y sin perjuicio de limar sus aristas, debería ser invulnerable a las presiones externas de fuera del sector.

Artículo publicado en La Drecera 136. Noviembre - Diciembre 2012

Revista de la Patronal Agraria de Cataluña