El precio del trigo, el precio de la libertad

 


A ningún historiador se le escapa la importancia que ha tenido y tiene el precio del trigo en las revoluciones que han hecho avanzar nuestro mundo. La actual cultura política del corto plazo, el tozudo fundamentalismo proteccionista de Europa en torno al sector productor de materias primas, ha acabado tocando fondo en perjudicar gravemente la cadena de valor de la producción agroalimentaria, hasta llegar al ciudadano consumidor. Este, acostumbrado a situar la comida cerca las últimas plazas del "hit parade" de su consumo mensual, ahora, de forma inesperada, se encuentra compitiendo graciosamente y alegremente con su hipoteca, su coche, su ocio o su formación. ¿Qué está pasando? se pregunta sorprendido.

Por muy importantes y estratégicas que sean las razones, la insensatez de sacar fuera del mercado las materias que son origen de toda una cadena económica, tiene peligros y crueldades, ha sido y es una grave injusticia hacia aquellos ciudadanos que - subvencionados y protegidos - se les ha expulsado decididamente de la libre competencia profesional y del mercado, sin darles paso a un lugar como funcionarios de la administración pública que muchos tampoco lo han deseado nunca. La Política Agraria Europea debe purgar sus pecados. El desmantelamiento del actual sistema de ayudas agrarias europeas no tiene justificación sin el firme compromiso y el claro presupuesto de una adecuada orientación y apoyo de los activos agrarios hacia el necesario libre mercado y abierta competencia. El Mercado de Derechos de Producción que ahora se proyecta, que también quiere incluir en el juego a varias entidades financieras, es una auténtica burla a la economía real y a todos los contribuyentes. Es, y probablemente será, un nuevo centro para eternos vividores y "chupones" de los presupuestos públicos, unos seres escasamente interesados por otra cosa que no sea la nómina.

En las economías modernas y desarrolladas, el encargado de asegurar que la distribución de los recursos y los bienes no viole ninguno de los derechos individuales de los ciudadanos - en este caso los de nuestros empresarios agrarios - es el libre mercado. Este es el que actúa como un auténtico mecanismo distribuidor de la riqueza. El libre mercado actúa facilitando un consenso básico sobre el valor de las cosas. Un correcto y ajustado valor de las cosas sitúa automáticamente los principios de la justicia económica e incluso, la consecuente justicia social. Es entonces cuando el acto de un libre consumo responsable, fruto de un libre mercado, ayuda a entender y practicar individualmente, corporativamente y socialmente, lo de: "el otro lo puede tener si lo necesita más que yo", propio de una sociedad inteligente, austera y desarrollada. Esto ya no es sólo caridad cristiana, ya no es una creencia basada en la opción libre y personal de una fe. Esto es un derecho y una obligación del hombre actual que vive, de forma ya irreductible, en sociedad local y global. Haber negado estos años un precio de libre mercado al trigo, aceite o la uva, ha sido un olvido de los orígenes, un acto de soberbia que Europa ahora paga con la falta de ciudadanos agricultores, falta de producción y falta de tierras de cultivo eficientes y tecnificadas. Tener ahora que sembrar a toda prisa, las tierras retiradas y las ZEPAS de Europa, por falta de harina, es de un inaudito que nos remonta a rancias escenas bíblicas del tiempo de Moisés y aquellos chulescos faraones de Egipto.


Editorial La Drecera 105. Septiembre – Octubre 2007

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