Procust el salteador, un didáctico personaje para unos tiempos oscuros


En la mitología griega, Procust era un hábil y conocido asalta caminos. Los ciudadanos más altos y corpulentos les hacían tumbarse sobre una cama pequeña. Entonces les cortaba todo lo que quedaba fuera de la cama, con especial predilección por las extremidades inferiores. Los que eran bajitos y poca cosa, los hacía subir sobre un enorme catre y los estiraba todo hasta que consiguieran el tamaño de este. Su impasible y tozuda tarea redimensionadora, con tendencias igualitarias, lo hacía un ser francamente aterrador para todo aquel que tuviera que emprender viaje, especialmente, los más liberales, que seguro entonces ya existían varios. Para los griegos, Procust era símbolo perfecto de la vulgarización y simplificación humana. La perversión encarnada de cuando lo ideal es atrapado totalmente en el funesto conformismo de una norma o que, sencillamente, degrada los principales valores de la condición humana.

Hoy el indeseable Procust sería un buen colega de muchos de nuestros políticos y altos funcionarios. A menudo, amigos de una pavorosa y cómoda tiranía ética e intelectual que no tolera las acciones, juicios o consejos de los demás, sino con la condición de que éstos sean conformes los criterios corporativos y de partido. Pase lo que pase, el tamaño de su cama siempre será la adecuada y estarán dispuestos, siempre, a cortar o estirar lo que sea necesario para el mantenimiento de unas normas que, hoy perjudican, en buena parte de ocasiones, los derechos y responsabilidades individuales y familiares, la libertad de empresa y de propiedad. Pero paradójicamente y peligrosamente, parece que esto también importa poco a buena parte de los que no se dedican profesionalmente a la política. Da francamente miedo. ¿Estaremos entrando todos de forma inconsciente, en una nueva y heroica dimensión televisiva de la existencia, donde prevalecerá la abulia más oscurantista? A veces, incluso, el Presidente Zapatero, ahora nos hace recordar más a Chuky "el muñeco asesino" que al dulce e inocente Bambi de sus inicios.

En estos momentos tenemos Cataluña y sus ciudadanos más judializados que nunca y a todos los niveles y tribunales. Una conflictiva "mole", difícilmente medible, de normas locales, autonómicas, estatales y europeas cuelga sobre nuestras cabezas. ¿Volveremos a ser una sociedad líder, rica y llena o ya podemos plegar la parada y saludar educadamente el personal del resto del Estado? Al paso que vamo, ¿tal vez lo mejor que podemos hacer es de plató para una película de Wooddy Allen, donde el personaje principal sería un gris Presidente de la Generalitat cada día más mudo y más sordo? Eso sí, acompañados de un buen psiquiatra alemán de pago.

Editorial La Drecera 104, Mayo – Junio 2007
 


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