CUESTIÓN DE CONFIANZA



Titulares de prensa: "Los mercados han perdido la confianza", "Los ciudadanos han perdido la confianza en la política", "Se necesitan líderes en los que poder confiar" ... En todos los aspectos de la vida, la confianza es una pieza clave. Una vida individual bien hallada, una vida social amable y de progreso, quiere confianza. Estos últimos años en muchos lugares del mundo, pero especialmente en Cataluña, hemos menospreciado y obviado la confianza, pieza clave para ejercer una lealtad eficiente. Extraviados, mansamente desorientados por la abundancia de una información que a menudo es desecho. Arrastrados por un exceso de fáciles ideas ideológicas y malas políticas partidistas, parece que hemos tocado fondo. Hasta no hace mucho, parecía como si el país pudiera vivir igualmente, además de reír, con una política tan irreal y desenfocada. Como si todo esto fuera poco arriesgado para nuestro bienestar, hoy, el fruto de nuestro trabajo colectivo, nuestros productos, reales y tangibles, tienen dificultades de venta. Como si no lo supiéramos ya de nuestros padres, que los clientes cuestan mucho ganarlos y poco perderlos. De tanto maltratar la confianza. De tanto desear alcanzar las ideas más puras e independientes, de tan poco identificar las necesidades más claras, este país parecía no tener necesidades, ni necesitar la ayuda de nadie. Hemos llegado a perder muchas cosas, incluso los clientes. Por no apreciar la confianza la hemos perdido quién sabe, también con la familia, los amigos, compañeros y conocidos.

Decíamos en una “Drecera” del año 2003, la número 82: "La confianza en uno mismo y en aquellos que nos acompañan es lo que ayuda a construir proyectos sólidos". Ya entonces, afirmábamos que, "las obligaciones del ciudadano se estaban poniendo a prueba". Finalmente, este julio de 2010, ha quedado demostrado que necesitamos confianza para poder sacar adelante este país. No nos quedábamos cortos en esa editorial donde también constatábamos: "La letra de una Constitución o Estatuto queda, a veces, demasiado a menudo lejos de los necesarios valores que deben existir entre las personas. Peligroso progreso, pues, el de nuestra modernidad, cuando su gestión es aún desde la desconfianza y la duda hacia los ciudadanos y la fe única y ciega en la coerción de sus leyes. Necesitamos trabajar los valores humanos para progresar en una sociedad de personas”. Desde entonces han pasado siete años que han volado como siete días. La pregunta que hacíamos: ¿De quién es Cataluña?, Sigue siendo y teniendo respuesta en la Cataluña de todos. En la contraportada del mismo número -blanco sobre negro, y no negro sobre blanco-, pues antes como ahora, sigue tratándose de que los ciudadanos sacamos luz de una oscuridad cada vez más abrumadora y real.

En la Cataluña de todos hay y habrá que dar el paro forzoso, sin compensación, a aquellos incompetentes probados y también a los competentes amorales o inmorales, los cretinos, los personajes de hígado grande y cara dura. Seguro que ahora mismo, por el jefe de cada quien, pasan una serie de individuos, más cercanos o lejanos, los que no se les puede permitir que vuelvan a poner las manos ni la cabeza en lugar que sea colectivo y público. Necesitamos arrinconar a los aprovechados, los “calienta-sillas”. Aquellos inútiles y/o listillos incapaces de confiar noblemente en nadie. Aquellos que aún no han descubierto que, el primer precepto para actuar en sociedad y representarla, es querer y poder confiar en uno mismo.


Editorial La Drecera 122. Julio - Agosto 2010

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