"Ha llegado la hora de jugar al dominó, cargar el iPad de libros y cultivar un huerto!"

 

Un socio y colaborador del Institut Agrícola, al final de una estratégica reunión de trabajo, dejó caer la frase que hoy ponemos bajo el título de nuestra editorial. Irónico y provocador, a menudo disfruta removiendo la buena leche con una rama de cicuta y nunca suele decir las cosas porque sí. Había pues que intentar resolver aquella frase críptica, aquellos deberes camuflados, de alguna manera.

¿Por qué necesitamos jugar al dominó? Tenemos que volver a contar. Hacer cuentas cotidianamente y saber así, por defecto, las posibles cuentas de los demás. Partir de nuestras fichas y de las fichas en la mesa para así poder visualizar, en tiempo real, que de bueno y de malo tienen los otros que juegan con nosotros y así ir tomando y dejando, construyendo, facilitando o complicando el juego a base de simetrías matemáticas, de ecuaciones, a la vista de todos. Cada partida es una lección, y como de un juego se trata hay entretenimiento y relación, trabajo individual y en equipo ganador y perdedor, pero también hay normas y necesitamos, además, hacerlas cumplir, identificar al posible tramposo o estafador y hacerlo fuera del juego si se lo merece.

¿Por qué necesitamos cargar el iPad de libros? Tenemos que seguir usando y optimizando las nuevas y las mejores tecnologías a nuestro servicio personal y el de toda la sociedad. Sin dejar de formarnos e informarnos, tenemos que saber encontrar aquellos tiempos de silencio y soledad para poder digerir y planear el uso provechoso y productivo de los conocimientos asimilados.

¿Por qué necesitamos cultivar un huerto? Del problema hacemos aprendizaje, servicio y ganancia, y de la fiesta hacemos memoria colectiva. Hace falta reencontrar la cultura del esfuerzo. Volver a observar la constancia cíclica, el crecimiento constructivo, productor y productivo de las plantas. Valorar y sopesar el mensaje de lo sustentable frente lo sostenible. En definitiva, saber convertir el problema en lección y hacer de la lección una pedagógica fiesta para nuestros niños y familiares, para toda la sociedad. En Cataluña la victoria del huerto, fue vencer las plagas y contratiempos. Para poder conseguir unas verduras deliciosas había que luchar y vencer los caracoles. Aprendemos a comernos el problema y a transformarlo en nueva energía junto con todos los frutos del huerto. La fiesta de la “caracolada” recuerda la victoria inteligente de un pueblo. Esta es la que da dignidad a las sociedades humanas. Esperamos que la solución a nuevos problemas actuales no sea un regreso al canibalismo.

Hace muchos años, Salvador Dalí asustaba a los niños de Cadaqués haciendo de baboso caracol con los índices a ambos lados de su cráneo y con el bigote bien punzante. Aquello sí que era un auténtico gasterópodo, con sus cuatro palpas retráctiles. Así era como el genio acojonaba a los chiquillos con el bramido de: ¡Soy un caracol! ¡Soy un caracoool ... ! ¿Sólo puro surrealismo? o quizás, también, ¡la supervivencia de un pueblo! Supervivencia elevada por el artista a categoría de un ¡valioso arte universal! Así pues... Nulla estetica sine etica.

 


Artículo publicado en La Drecera 133Mayo - Junio 2012

Revista de la Patronal Agraria de Cataluña

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