Del encarecimiento de los alimentos y la inesperada globalización del hambre.

 

Los carburantes están caros pero las harinas también. Con el horizonte actual de un precio por el productor de cereales que oscila en los 230 euros/tonelada -y subiendo-, hay un riesgo elevado de que la alimentación vuelva a ser de las primeras preocupaciones y gastos en los hogares europeos. Desde que el mercado de las materias primas alimentarias forma parte inseparable del conjunto de la economía mundial, se ha dado un nuevo y creciente fenómeno inesperado, que podemos denominar la globalización del hambre.


En Europa, la cosa ya no está sólo para compadecernos de los Estados subdesarrollados, o dar sólo las culpas al cambio climático, a la sequía o a los biocombustibles. Los precios siguen subiendo porque toda la demanda de materia prima alimentaria supera, en mucho, la oferta. Tenemos por delante nuevos procedimientos de producción de materia alimentaria, de demandas y de poderes adquisitivos. Ciertos Estados del mundo, tienen hoy la capacidad, agilidad y forma, de generar, movilizar y almacenar grandes producciones en pocos meses y en lugares muy diversos. En pocos años, estos Estados han ido desprendiéndose de la clara dependencia de abastecimiento que tenían con los mercados internacionales de compra venta y especulación de materias alimenticias, especialmente Chicago. Todo esto se está realizando dentro de un común espacio económico global que convive con unas fronteras administrativas a menudo frágiles y corruptas. La estrategia de una seguridad alimentaria Europea, hace años que está fracasando estrepitosamente frente esta globalización productiva que domina los mercados de unos pocos países que, hasta ahora, siempre habíamos mirado por encima del hombro.


Incluso Estados Unidos, hace más de tres años que paga buena parte de su deuda con la República Popular de China con maíz, haba de soja y otros, todo con silenciosos barcos que ahora surcan el Pacífico en dirección Beijing y que antes surcaban el Atlántico en dirección a Europa al igual que lo hacían también los de Brasil o Argentina donde, por cierto, su Presidenta ha tenido la brillante idea de arrendar la finca pública patagónica, 'sólo' por cincuenta años, a los chinos. En Comodoro Ribadavia todos los carteles de negocio ya se escriben en cantonés. Estamos resultando más tontos que el pobre Luis XVI. Pocas horas antes de ser guillotinado, le decía a María Antonieta de Austria: "y ahora, los franceses, ¿qué harán sin nosotros?" ¡Eso mismo! Si... , ¿Qué hará ahora este pobre mundo mundial sin la perezosa y acomodada Europa del conocimiento y los servicios?

 

Editorial La Drecera 134. Julio - Agosto 2012

Revista de la Patronal Agraria de Cataluña

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