UN NUEVO RENACIMIENTO; EL DEL SENTIDO COMÚN.

Occidente ha generado ámbitos de libertad individual y colectiva desde el Renacimiento hasta nuestros días a escala global y permite afirmar que sus mecanismos de organización han estado entre los más civilizados y dignos de la historia humana. Ninguna otra cultura ha permitido tanta capacidad de desarrollo individual.

Es pues inevitable tomar medidas que detengan la decadencia de este modelo, vinculado al valor de la moda como poder de las apariencias. Es época también de fanatismos, de complejidades inútiles, de falsedad, de impostura y de hipocresía.

Este secuestro de la realidad requiere sobre todo recuperar el sentido común y la esperanza frente la frivolidad, la desesperanza y  la petulancia; es por ello que se hace imprescindible el renacimiento del sentido común en defensa de la justicia, de la libertad, de la propiedad y de la familia. Como diría Arnold Toynbee, una de las enfermedades crónicas de los seres humanos es atribuir su propio fracaso a otros.

Hemos fingido que el creciente incremento de la crisis no nos correspondía y esta irresponsabilidad proviene de una crisis moral muy anterior a la recesión, y proviene de un déficit de confianza y de una deconstrucción de la voluntad, de una falta de sentido común y que, para salir de estos desbarajuste, sólo se puede hacer recuperando el sentido del deber y de la responsabilidad.

Las crisis son el ámbito adecuado para tomar decisiones y producir reformas que eliminen todos los elementos caducados o enquistados. Es en estos momentos que el sentido común aporta las capacidades de arrepentimiento y renovación. Hoy tenemos un panorama dominado por versiones cíclicas ecológicas o utópicas-delirantes, que nos alejan de la realidad, que hacen insostenible el modelo de sociedad basado en la baja natalidad en la tolerancia ante el descenso de la ética o de la corrupción.

Este modelo insostenible se ha trasladado al sector agrario, sector geoestratégico dentro de la economía y que tiene como misión la de producir alimentos, y que a pesar de su importancia, en ningún momento se le ha otorgado la relevancia y la confianza necesaria para que los empresarios agrarios se sientan respetados. El modelo de economía agraria que nos imponen está basado en la dependencia administrativa, fundamentada en unos consumidores desinformados que lejos de preocuparse si el actual modelo puede garantizar alimentos para todos, se erigen en herederos de un pasado y que hace que se nos escape el futuro. La falta de confianza en la agricultura y una legislación asfixiante son una barrera significativa a la hora de acceder a la tecnología, que es de la única forma de aumentar la producción que precisamos de acuerdo con el aumento de la población. Hoy la devaluación política favorece que la sociedad camine por los caminos del deslizamiento, en la que los poderes son cada vez más penetrantes por causa de la debilidad de los individuos.

Muchos políticos tienen un relato, pero no tienen un plan, lo importante "es sentirse bien", y no hacer las que convienen y hacerlas bien. Por esta razón es necesario hacer las reformas antes de que procesos revolucionarios populistas se impongan. La tarea futura es la de llenar las estructuras de la sociedad abierta con la vida de la sociedad civil, pues esta es un caos creativo en el mejor de los sentidos. El sentido común hace tiempo que nos dice que el modelo de Política Agraria está caducado, enquistado, utópico e insostenible, por lo tanto se tiene que reformar. El sentido común, del hombre común, sin pretensiones ni manías, prevén la petulancia, al fin, el sentido común como cima de la inteligencia

Editorial La Drecera 138. Marzo - Abril 2013

Revista de la Patronal Agraria de Cataluña

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