¿ECONOMÍA PRODUCTIVA?


Artículo de opinión de Baldiri Ros, Presidente del Institut Agrícola

 

La crisis abstracta del dinero y las finanzas se nos ha ido haciendo cada vez más grande y perturbadora, especialmente al no saber entenderla unos, y al no saberla explicar los otros. Torpemente saturados, desanimados en una absurda guerra de miles de millones de deuda sin ton ni son, son pocos los que saben encontrar referentes que les ayuden a superarse, a adoptar nuevas actitudes y aptitudes personales, profesionales y sociales.

(…) "Porque nuestras empresas si venden producen, si no venden desaparecen..." Era el 16 de mayo de este año en el Congreso de los Diputados y el Presidente Rajoy contestaba una pregunta del Jefe de la oposición. Es público y notorio que en los anuarios internacionales de economía, la productividad en España no ha crecido desde 1998. ¿Qué hemos hecho pues, en el país durante estos últimos catorce años? ¿Sólo hemos vendido y revendido bienes muebles e inmuebles, servicios y poco más? ¿Qué ha pasado con las actividades primarias e industriales?

Cualquier ciudadano español está hoy bastante más preocupado por su dinero que por su productividad; por sus ahorros que por sus capacidades de trabajo o posibilidades de emprendimiento.

En estos momentos, ¿conocemos el significado de producir? Está claro que producir no es sólo vender. Vender, en todo caso, es uno de los factores que forman parte de la producción, del producto de un país y, no es el primero ni tampoco conviene que sea lo más importante o el único. Está claro que la patente falta de conocimientos económicos básicos de la población española que también afecta a la mayoría de sus políticos, incluido el presidente del gobierno, no facilita nada las cosas. Así la crisis se nos ha hecho aún más abrumadora.

Producir es pues el conjunto de actos que determinan la formación de riqueza y de valor.Producir consiste en: Primero, la obtención de materias primas: Agricultura, ganadería, pesca, montes, minería... Segundo, en la síntesis, la reelaboración y / o transformación de estas materias: Industria. Y en Tercer lugar, el aumento de la utilidad de las cosas mediante el transporte, el comercio y los servicios de todo tipo. La productividad se obtiene, necesariamente, con el concurso de los factores naturaleza, trabajo y capital.

El factor naturaleza, dentro de la producción, tiene unos claros límites físicos pero, últimamente, a la economía sólo le ha preocupado el crecimiento del capital y el trabajo, sin tener demasiado en cuenta los claros límites de las materias primas. Hoy, inesperadamente, por muchos fabricantes, comerciantes y servicios, el problema ya no es el precio que tenga la materia en cuestión, sino la inexistencia o precariedad de abastecimiento de ésta a los mercados. Así es como han ido aflorando los problemas al haber obligado y relegado las propias y naturales actividades extractivas europeas a las economías en vías de desarrollo de otros continentes. Aquellas actividades extractivas posibles de ser realizadas en Europa eran, y hoy siguen siendo, geoestratégicas e importantes para la economía mundial.

 

En España a menudo hemos sufrido largos períodos económicos que empiezan con arranque de caballo y terminan con parada de asno. La cosa se ha venido repitiendo a lo largo de los siglos con diferentes escenografías pero con una estructura temporal muy similar, a lo menos, desde la redacción del ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha y su leal escudero Sancho. Para sorpresa de muchos, a pesar de que el Juez Dívar del Supremo entonces no estuviera, Marbella ya existía en el siglo dieciséis y Cervantes, por lo que escribe en boca de su caballero, no tiene ningún tipo de simpatía por aquella ciudad que, ya entonces, era emblema de los trasnochados y estafadores. La cosa da respecto y pone la piel de gallina, ¿será también el territorio el que marque las sociedades de manera tan definitiva?

Entre el actual rapto del euro y los retos de los cuatro cerditos mediterráneos, también llamados "pigs", se nos ha acumulado un montón de trabajo a todos. Se trata de unos cerditos inconscientes que en vez de hacer cuatro casitas para vivir ellos, siguiendo el guión habitual del cuento, decidieron hacer cientos de miles, millones, de casas a diestro y siniestro. Casas de papel, casas de paja, casas de barro... donde nadie vive ni podrá vivir nunca. Posiblemente, pues, el día que algún incauto las pudiera comprar, muchas casas ya estarán en el suelo y las demás que queden, peor, le podrían caer encima. El lobo germano, con túnica negra y peluda, no ha tenido ni tiempo todavía de soplar las casas. Más bien sopla de rabia por lo mal que han representado el guión de la fábula estos impresentables cerditos. Así que ahora sí que se les quiere comer de verdad y con toda la rabia del mundo, pero antes harán jamones y longanizas, para seguir, punto por punto, la verdadera tradición ibérica de los elaborados cárnicos de cerdo.

A los europeos nos está costando mucho bajar del peral y reconocer que lo hemos hecho demasiado grande. Que una cosa es creer en la realidad virtual y bien otra es hacer de la realidad un cuento. En Cataluña, en catalán modernista prenormativo, un cuento es un “qüento”. Hemos llegado, incluso, a confundir la Física Cuántica con la Física Qüèntica, Sincrotrón incluido. Sino tiempo al tiempo. Posiblemente, ni una física ni tampoco la otra, nos salven del frío y el hambre que se acercan muy peligrosamente llamando a la puerta.

Todos cubiertos de hormigón inacabado, de infraestructuras esculturales, más cercanas al "neorrealismo abstracto uruguayo de 1958", que en ninguna otra posible cosa, nos hemos cubierto de gloria. Con frecuencia, la elección y ejecución de la obra pública estos últimos años no ha destacado por haber sido realizada con criterios muy sociales, poblacionales o económicos, aunque menos pues, habremos hecho alguna con fines claramente productivos. El capricho político ha dominado a menudo la situación, se ha hecho una obra pública a menudo innecesaria, exactamente allí donde no había y también allí donde no se pedía. Incluso se han hecho en pleno desierto estepario español, allí donde no habitaban ni los ecologistas.

La sociedad civil ha sido tan débil y fofa, allí donde había claro está, que ha acatado, incluso, lo contrario de todo lo que pedía o le convenía pedir. La malversación clientelar de presupuestos públicos, las claras deficiencias en la realización de las obras, con certificaciones incluidas, han acabado por entregar a los ciudadanos unas obras que más bien han hipotecado la economía y han dañado la posible existencia de actividades productivas. Dentro del ámbito agrario, el ejemplo del Canal Segarra-Garrigues es claro y será suficientemente claro los próximos años. Una realidad infraestructural de servicio que hoy debería ser ágil, eficiente y productiva es, en cambio, un problema laberíntico, un tema oscuro y ruinoso, que no se sabe bien al servicio de quién está, aparte de que pueda llenar algunos vasos de agua y hacer rodar unas cuantas lavadoras.

¿Qué hemos hecho en España? ¿Qué hemos hecho en la emblemática piel de toro, con el dinero que hemos recibido de Europa a lo largo de todos estos años? Un dinero que debían dotarnos de eficientes e impecables infraestructuras públicas.

¿Dónde están los empresarios y las actividades productivas que se tenían que derivar y que ahora, por puro sentido común, nos reclama Europa en forma de producción y riqueza? Muchos temen ahora que la emblemática y señorial Piel de Toro nos la transformen definitivamente en alfombra.

Resulta que hemos vivido y vivimos en un Estado donde todo el mundo a menudo va  exclusivamente a la suya. El Rey con los elefantes, algunos jueces en Marbella y otros en la cárcel, los políticos como 'Pedro por su casa', los ayuntamientos desmantelados y las autonomías dando culto a las Valquirias. Una sociedad no auténtica, una sociedad literalmente anónima, incluso sin nombre ni función, con unos estatutos y constituciones, siempre en los tribunales. Con altos directivos bien asalariados que no son ni quieren ser propietarios del negocio que gobiernan ni ser responsables tampoco del dinero que manejan. Un país con unos rentistas que, Dios nos guarde, se preocuparan nunca de querer arreglar algo que los directivos los regentan a un 'módico' precio. Un país casi sin familias, donde muchos padres han desistido de serlo definitivamente, donde los jóvenes no quieren ser jóvenes y, los niños, son unos pobres niños pobres, que no entienden nada de lo que les está pasando.

¿Qué nos queda entonces? Volver a empezar con paz y cordura, y cada uno el trabajo que sabe hacer. Si en este país cultivásemos  la memoria y no sólo por lo que interesa a ciertos monomaníacos de la clase política, se vería que las crisis económicas no son nuevas en ninguna parte y que de éstas se pueden sacar conclusiones y aprendizajes provechosos. Cuando las crisis son profundas afectan a la mayoría. Las grandes crisis son una cruz de dimensiones a menudo inalcanzables para el individuo. Acaban siempre en una crucifixión social. Una cruz donde la profundidad siempre es vertical, de arriba abajo y de abajo a arriba, clavándose en la tierra física y afectando la supervivencia y la subsistencia de la sociedad. Una cruz donde el brazo horizontal es transversal y pide siempre confianza, solidaridad, esfuerzo en común.

En cuanto a la agricultura, las simetrías económicas que podemos encontrar entre las crisis de los Canales de Urgell y el Segarra-Garrigues, hoy sólo separadas por 150 años de historia, hacen reflexionar. Dos épocas de gran crecimientos económico y financiero: 1853-1862, 1997-2007 que permitieron las mayores inversiones de cada siglo en obra pública de todo tipo: canales, ferrocarriles, puertos, túneles, carreteras... pero seguidas de inmediatas y terribles crisis, ambas financieras, curiosamente, la del 1866 y la iniciada en 2007. Crisis que parecen anular la misma obra, bien por encima de sus deficiencias propias, hasta invalidar su explotación. Son unos hechos históricos con tal asombroso parecido que, incluso invitan a reír en torno a la condición humana y su falta de memoria y perspectiva. Las cosas ya suelen ser difíciles por sí solas y sólo hay que complicarse un poco para hacerlas imposibles. El planteamiento y la construcción de cualquier gran obra, siempre tienen defectos que aumentan en gravedad cuando ésta se pone a prueba y en marcha. Si esta demanda coincide en un marco de crisis, muchas veces resulta bastante más difícil la esperada productividad. Otras deficiencias y novedades, que a menudo nada tienen que ver con la obra en sí, sí suman. Cuando no, por ejemplo, unas fiebres que diezman la población. Como pasó en el Urgell entre el 1864 y el 1870. Así pues, paz y cordura, y ¡mucho trabajo!

 

Artículo publicado en La Drecera 133. Mayo - Junio 2012

Revista de la Patronal Agraria de Cataluña