"SOY DE TORONTO Y MIS HIJOS COMO EN PAPAYA"


La crisis actual obliga a renacionalizar y recolocalitzar los sistemas productivos. El low cost de la globalización de los mercados mediante una energía barata, hoy se evidencia ecológicamente insostenible y económicamente inviable. En Cataluña tenemos que volver a comer manzanas de Lleida, avellanas de Tarragona. Potenciar todo aquello que se pueda producir en nuestra casa y consumirlo. En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, el exotismo de unas cuantas piñas tropicales, adornaba los mostradores de los mayoristas del “Born” barcelonés. Todo el mundo sabía que aquellos frutos eran caros. De pequeños, los mangos y las enormes bananas sólo los conocíamos en el barbero para que nos tomara el pelo. A partir de ahora, comer productos de las antípodas volverá a ser un lujo.

La globalización de los mercados de las últimas décadas, facilitado por un petróleo asequible y por avanzadas tecnologías de la comunicación, ha dado muy alta velocidad e irresponsabilidad en la vida de todos los ciudadanos desarrollados, también el dinero eléctrico y no sólo el de las tarjetas de débito, sino especialmente, las bolsas en los mercados financieros y de futuros. Una cómoda situación que ha invitado a falsedad, a eludir unas garantías que, hasta hace pocos años, los Estados controlaban con cierta facilidad mediante su marco legal y sus funcionarios. El contexto actual, se convierte en un auténtico laberinto de Creta con Minotauro incluido, una "tierra prometida" por las multinacionales donde los miembros de los cuerpos de inspección estatales se pasean a menudo a oscuras y con planos obsoletos. Un auténtico paraíso para desarrollar las falsedades de las Responsabilidades Sociales Corporativas y su marketing. Hay que añadir, además, la práctica ausencia de códigos normativos suficientemente ágiles en regular desinterés por la producción en los países desarrollados, terciarizándo rápidamente su economía. Ahora, con un petróleo cada vez más caro, parece que se trata de volver a producir cerca de casa. Desde el trigo hasta los juguetes. ¡Quién lo iba a decir!

Los gobiernos anelan este comercio global. En España teníamos ministros que exhibían el poder de la gran apertura internacional de nuestro sistema económico y exportador. El "milagro español", ofrecía un crecimiento constante y fácil, cómodo de fiscalizar internamente y que financiaba la sociedad de los derechos sindicales adquiridos alejándola de una mano de obra ciertamente dura y con largas jornadas de trabajo. La nueva sociedad del bienestar, ha sido lo más cercano a la ley del mínimo esfuerzo, a veces de la mayor vagancia y picaresca, hasta el extremo vicioso del búnker de las peonadas andaluzas. Una economía blanda, de escasas y superficial sudores, con consumidores sumisos y satisfechos con un low cost de baja calidad, economistas, abogados ... donde los trabajos más vulgares podían ser más limpios y con menos sudores: recepcionista, camarero, telefonista, transportista, guía, monitor ...

Las actividades privadas, en franca retirada y extinción, eran sólo admisibles por los extranjeros de países no desarrollados, los que, la generosa progresía ibérica les hacía una gran ayuda social dándoles el trabajo que no querían los del país. Este ha sido el progreso que hemos conseguido. Un calcetín limpio que a la hora de girarlo, ha resultado bastante sucio y maloliente.

Durante estos años, la obtención de materia prima de países en vías de desarrollo, ha sido una auténtica bendición para el mundo desarrollado. Aun la industria agroalimentaria, pudo deslocalizar y desestacionalizar su constante demanda de productos primarios. Dejando así, la “la estacada” buena parte de los habituales productores locales. Si el mercado y la ley así lo permitían, era pues, perfectamente normal y lícito hacerlo. Mientras esto se producía, sin plantear prospectivas de si aquello era bueno o malo y a qué plazo, el sector primario, especialmente el agrario, iniciaba un grave y creciente deterioro, hasta garantizar su existencia con subsidios públicos. El decrecimiento y abandono de la producción primaria en todos sus aspectos, ha sido una trampa de elefante donde, sin haberlo previsto, han caído sus constructores. Ha resultado de un "buenismo insultante" considerar que las materias primas las tenían que producir sólo los países subdesarrollados. Ahora nos llega una cruel factura, necesitamos reencontrar emprendedores en el ámbito de la producción de alimentos.

Últimamente, el economista Jeff Rubin, en su libro "Por qué el mundo está a punto de hacerse Mucho más pequeño", ha sabido divulgar en un amable best seller, los orígenes de la actual decadencia económica del mundo desarrollado. Su frase "Nací en Toronto: mis hijos comen papayas, pero Volveremos al tarro de compota de manzana de mi abuela", ha dado ya unas vueltas al planeta.

Hay que decir también, que ya hace unas décadas, pensadores, sociólogos, economistas y geógrafos, cargados de razones que no ha escuchado la economía especulativa, hablan y publican en torno a la importancia de mantener el mundo desarrollado una sólida producción de proximidad. Una economía que contemple la geografía y sus distancias físicas. André Torre - director de investigación a l'UMP SAD-APT de París-, Maryline Filippi-investigadora de la Universidad de Rennes-, personajes de la economía como Baumont, Storper, incluso, desde Cambridge, los académicos escritos de en Krugman, ya a inicios de los años noventa, recogen teóricamente la necesaria importancia relacional de geografía y comercio.

La estrategia de saber controlar con seguridad la producción primaria. Lo que quizá, hasta ahora, han demostrado tener más claro los antiguos faraones egipcios que los actuales gobernantes del primer mundo.

Durante estos años, no ha sido necesario explicar las ventajas de los intercambios comerciales internacionales cruzando productos de iguales características. Era evidente. Si había ganancia económica, esto lo justificaba todo. No hacía falta pensar nada más. Esta inopia, con exclusivo afán de ganancias, se ha demostrado francamente peligrosa.
Camiones de ladrillos de una fábrica de ladrillos de Sabadell por un constructor de Terrassa y, al revés, camiones de ladrillos de una fábrica de ladrillos de Terrassa por un constructor de Sabadell. Pero no todo acaba aquí, posteriormente, tanto una fábrica de ladrillos como el otro acabaron comprando los ladrillos, más baratos, a un país tercero y vendiendo en el mercado nacional y europeo. Alejaban así sus sufridos trabajadores de remover el húmedo barro con pies y manos y de tostarse al calor de los hornos cerámicos. Este fue un "avance de los derechos del trabajador", más limpios y menos sudados. Los empresarios, en lugar de preocuparse por un adecuado I+D+I, en lugar de invertir en casa para producir mejor y más baratos los ladrillos, los dinerito del beneficio empresarial marchaban a la rifa de la bolsa y varias travesuras similares. Siempre, tarde o temprano, acababa tocando algún rendimiento sustancioso, con relativo riesgo y sin tener que trabajar mucho. Así de sencillo y práctico. Todo debe durar hasta que ha estallado el invento, y ahora ya no dan ni el osito de peluche ni aquel simpático patito de plástico que amenizaba unos baños espumosos y relajantes en el jacuzzi.

Pero lo peor de la actual situación no es sólo las circunstancias mencionadas, sino: ¿Cuánto tiempo y a qué precios nos costará volver a producir en nuestro país? ¿Lo sabremos hacer mejor y más barato que los que lo están haciendo ahora?


ARTÍCULO PUBLICADO EN LA DRECERA. núm. 121. Mayo - Junio 2010
Informativo Agrario del Institut Agricola.

Economía