Cooperativismo, entre la utopía y el pragmatismo

 

Cataluña ha sido siempre un país de asociacionismo civil. Ha habido de muchos tipos diferentes: Sociales, como asilos para pobres que han derivado en grandes instituciones como el Hospital de Sant Pau en Barcelona o el de la Santa Creu en Vic; Económicos, como el Monte de Piedad que entonces fue Caja de Barcelona; Gremiales con vistas al fomento y la innovación, como fue el Instituto Agrícola mismo.

 

En este conjunto de formas diversas de asociacionismo civil, el sector de la agricultura destacó a principios del siglo XX con los sindicatos agrícolas o más formalmente, cooperativas agrarias. Como modelo supo resolver, con un notable éxito, las dificultades de comercialización derivadas sobre todo de las limitaciones en materia de telecomunicaciones y transporte. La concentración de la oferta, por municipios, y la primera transformación, significó un avance importante.

 

Pero lo más relevante de este modelo, es que se basó sobre un modelo intrínsecamente dotado de una notable visión ética, donde los valores de ayuda mutua y esfuerzo común flotaban por encima del mercantilismo estricto. En esta ética, la transversalidad social estaba presente. La mayoría de casos, en los sindicatos agrícolas, participaban tanto las grandes masías como las pequeñas aparcerías. Tanto es así, que los valores que las cooperativas incluyen, han sido suficientes para que la propia Constitución les dé un tratamiento especial y las proteja.

 

Ahora bien, este mundo del cooperativismo rural padecía de enfermedades congénitas, que en el futuro han aflorado y ahora son un lastre. Haciendo un símil médico son un lastre por tres motivos: por las enfermedades en sí mismas, por la falta de diagnóstico y tratamiento correcto y por la presencia de microorganismos oportunistas.

 

Las enfermedades congénitas son principalmente dos. La primera de ellas es que el cooperativismo ha de asentarse sobre valores moralmente muy sólidos. En un mundo donde todas las tomas de decisiones giran alrededor del dinero, sustentar un modelo donde la toma de decisiones se basa en la ética es muy difícil. Es nadar a contracorriente. Y pasados los fervores iniciales del momento de la fundación de una y cada una de las cooperativas, inexorablemente, estos valores languidecen y se empieza a avanzar por el declive del dinero.

 

El declive hacia el dinero lleva, en una primera fase, a tensiones internas ya que la diferencia de esfuerzos de los diversos socios de la cooperativa no se remunera diferente. Y claro, que no se remunera diferente, porque los valores fundacionales preveían un esfuerzo homogéneo de todos los socios y, por tanto, una retribución homogénea.

 

La segunda fase de esta enfermedad congénita se manifiesta como apatía: Al no poder retribuir, a diferencia de los esfuerzos, los miembros de la cooperativa aportan el mínimo esfuerzo imprescindible para sobrevivir, pero nunca más que eso. Con este hecho, el dinero se ha implantado, definitivamente, en la toma de decisión de la cooperativa, mientras que de los valores fundacionales no queda más que el recuerdo.

 

El segundo grado de la enfermedad congénita de las cooperativas, es su estricta visión de reguladora de oferta y mínima transformación. Inicialmente esta, aunque congénita, sería curable. En el mundo rural de principios del siglo XX la concentración local de la oferta y una mínima transformación de los productos representó un notable avance. Hoy, sin embargo, en un mercado globalizado, las cooperativas locales no concentran suficiente la oferta, y apenas son capaces de hacerlo las cooperativas de ámbito comarcal. Es una cuestión de escala.

 

Por otro lado, cuando la demanda reclama cada vez productos más elaborados, los niveles de transformación que ofrecen las cooperativas son manifiestamente insuficientes para ser competitivos. Así, hoy, el público demanda queso rallado, y no leche pasteurizada, demanda pan ultracongelado en lugar de harina, demanda jugo de fruta en lugar de manzanas, o reclama cavas bien elaborados en lugar de vino base. Esta segunda enfermedad, aunque congénita, habíamos dicho que era curable. Así lo ha demostrado Cooperativa de Guissona con una oferta comercial con productos de segunda transformación nada despreciable y bastante competitivas.

 

Pero como cualquier médico podrá confirmar, la actitud anímica del paciente es fundamental. Y si el paciente está instalado en la apatía es muy difícil la curación. La conclusión no se hace esperar: El gran mal de las cooperativas viene de la pérdida de los valores fundacionales y de ahí cuelgan todas las demás enfermedades.

 

El diagnóstico de las cooperativas fue mal hecha, o tal vez no se ha hecho nunca. Ante la pandemia, se ha actuado según los patrones típicos de respuesta de las administraciones públicas ante cualquier problema: verter dinero del erario sin calibrar su ni la rentabilidad de la donación ni el esfuerzo que han hecho los ciudadanos para contribuir a rellenar las arcas públicas.

 

En el caso de las cooperativas, el tándem de funcionarios y políticos han creído que, regalándoles dinero, bastaba para quitarle las de la plaga que sufrían. Por otra parte este tándem, con abuso del erario ha creído complacidamente cumplir con el mandato constitucional, si bien los pacientes continuaran desangrándose. Nunca nadie ha bien diagnosticado las cooperativas. Asimismo, los pacientes, las cooperativas, ingenuamente ha creído que mientras hubiera sangre suficiente para hacer transfusiones no había peligro de morir desangrado por mucho que la herida siguiera abierta. Lo malo es que hoy el grifo del dinero público no mana, sino que tan sólo gotea.

 

La solución inmediata es restaurar los valores del cooperativismo entre los propios socios, al tiempo que en esta renovación hay que aprovechar para incorporar una nueva visión de los objetivos que la cooperativa debe satisfacer en la selva del libre mercado. Porque a pesar de que los objetivos sociales puedan ser muy virtuosos, en el libre mercado, además de la virtuosidad, hay que ser competitivo.

 

Sería utópico pensar que todas las cooperativas, a través de una arenga, serán capaces de devolver a sus valores fundacionales renovadamente adaptados. La mayoría ni siquiera lo intentarán porque la apatía se ha extendido definitivamente en todos los intersticios de su existencia. Otros, mal que lo intenten, tampoco consiguieron que el capital humano y el horizonte empresarial les ha quedado estrechamente anticuado. Finalmente, muy pocas, éxito.

 

La alternativa, pues, si el chorro de dinero público se interrumpe (y secará), no es otra que el quebranto económico. Pero dejar morir, desangradas, las cooperativas fuera, por otra parte, una temeridad en política agraria, ya que muchas comarcas, aunque mal, tienen estructurada su economía agraria en base a los sindicatos agrícolas históricos. En este callejón sin salida sólo queda la opción de la refinanciación. Esto ya se tuvo que hacer en su día con muchos clubes de fútbol que se convirtieron en sociedades deportivas, o bien, recientemente, se ha tenido que hacer con las cajas de ahorro.
La continuidad de la mayoría de cooperativas pasa por la conversión a estructuras mercantiles tipo societario, bien anónima o limitada, pero societario. Otra cosa es que los cooperativistas tengan los valores fundacionales bien asentados para priorizar la acción social de la empresa por encima de las cuestiones crematísticas y así lo establezcan en sus estatutos y, sobre todo, en sus voluntades. Si no lo quieren hacer tampoco pasa nada.

 

Cierto que una acción como esta puede ser tildada de agustiniana, pero en el conjunto de alternativas malas hay que buscar el mal menor.
Si entre los cooperativistas (o no cooperativistas) hay alguien con suficiente visión empresarial como para cubrir el vacío que dejaría la cooperativa en caso de extinguirse, no hay que esperar la quiebra para que este potencial empresario venga a pescar entre los desechos. Más vale permitir la reconversión de la cooperativa para que exista una solución de continuidad y así evitar traumas económicos en el ámbito territorial de referencia de cada una de las cooperativas.

 

En esta materia la Generalidad de Cataluña tiene competencias plenas. Autorizar el paso de cooperativa en sociedad mercantil, por el procedimiento de una acción por socio, con un decreto-ley de un artículo está solucionado. Y a partir de ahí que Dios haga más que los socios.

 

Ahora, un planteamiento como éste topará inexusablement con los puristas del cooperativismo. Argumentarán que no es admisible que dinero del erario destinants, pertèritament, a cooperativas acaben en sociedades. Como si no hubieran dado cantidades ingentes de dinero del erario a empresas de capital extranjero como la Seat, la Alstom o Nissan. Y nadie se rasgó las vestiduras.

 

A todos los puristas hay reclamarlos pragmatismo. Es preferible el paso a sociedades mercantiles, si con ello se garantiza la continuidad de la actividad económica de las comarcas y los puestos de trabajo, que no encastillarse en la utopía del mundo cooperativo. El pragmatismo no puede permitir que las explotaciones agrarias pierdan su nexo de enlace con los compradores finales y no puedan colocar su producción, o bien provocar una situación donde un grueso de gente se encuentre, de la noche a la mañana, en el paro.

 

No hay que ser muy exigente para autorizar este cambio. En la economía de mercado tanto lícito es enriquecerse como arruinar a. Si las cooperativas ya están al límite del acantilado económico y tienen suficiente valor como para refinanciarse y reconvertirse a través de la transmutación en sociedad mercantil, hay que dejarlos mucho margen de maniobra. Porque sólo ellas disponen de información suficiente como para dar este paso. Por tanto, a funcionarios y políticos, hay que pedirles que abstenerse de intervenir en un trance tan delicado como es éste. En esta fase crítica las injerencia cias externas podrían ser mortales.

 

Que nadie se alarme. Todos los países de la Europa ex-comunista, hoy dentro de la Unión Europea, han tenido que reconvertir sus cooperativas agrarias, también interferidas por burócratas y políticos, a la economía de mercado. Países como Chequia o las repúblicas bálticas han logrado en la reconversión incluso manteniendo un grueso importante de los valores que impregnan el modelo cooperativo y con mejora de dividendos.

 

Si otros lo pudieran hacer, también nosotros lo podremos hacer.

 

Artículo publicado en la Drecera 129. Septiembre - Octubre 2011
Informativo Agrario del INSTITUT AGRÍCOLA

Economía