Principios para un derecho común

 

"No es posible vivir con ilusión lo cotidiano, sin horizontes anchos que nos motiven y movilicen, pero a la vez sólo es posible tener proyectos grandes y llevarlos a cabo actuando sobre cosas pequeñas, en apariencia, insignificantes."

 

 

Hoy en la sociedad notamos ruidos diversos, mezclados de oportunidades y amenazas. Unos vienen del cambio de época con los desajustes de todo tipo que produce, y otros de los errores y las malas acciones y decisiones humanas.

Hemos visto cómo se corrompían tanto el carácter de muchos individuos, como ciertas bases culturales y éticas de nuestra vida en común. Esta corrupción no sólo es éticamente obscena, sino desastrosa desde el punto de vista social, político y económico ya que pervierte el funcionamiento de la democracia, socava la confianza en las instituciones y frena el emprendimiento empresarial y la creación de legítima riqueza. Con corrupción personal e institucional se deteriora el desarrollo, y esto, perjudica por encima de todo, a los más necesitados.

Este deterioro del desarrollo es aún mayor si la corrupción lleva a la desmoralización. Para no caer en esta desmoralización, como falta de confianza vital en el quehacer personal y comunitario, el Papa Francisco en el Evangelii Gaudium aporta cuatro principios básicos para orientar y alentar tanto el desarrollo de las personas como de la convivencia en favor de un proyecto común.

El primero afirma que el tiempo es superior al espacio. Aunque tenga que trabajar por resultados inmediatos no se puede olvidar la apertura a la plenitud. Por esta razón tienen más importancia los procesos y acciones que generan dinamismo durable que no fogonazos, los caminos bien hechos que los atajos. Los atajos vienen bien para el senderismo pero en moral nunca acorta el camino sino que lleva al precipicio. La rectitud crece junto con la coherencia, la autenticidad y la integridad moral y no permite que la persona se ponga de espaldas a su conciencia.

El segundo dice que la unidad prevalece al conflicto. El conflicto debe ser asumido porque forma parte de la vida y de las relaciones humanas, pero no podemos permitirnos quedar atrapados en él. Es preciso la búsqueda del entendimiento y la comunión de lo que nos une sin caer en la ruptura y la incomunicación.

El tercero es que la realidad es más importante que la idea. La realidad es; la idea se elabora. Cada vez que tomamos una decisión en favor de la verdad, la justicia, la libertad, de lo que nombramos valores, construimos eternidad. Es día a día, decisión a decisión, como nos vamos construyendo.

El cuarto es que el todo es superior a la parte. Es decir, que sin tener visión y compromiso con el común, no se puede realmente ser libre y feliz. Se debe aspirar al mayor sin perder de vista el pequeño. Mirar lo universal sin dejar lo particular; lo global sin menospreciar lo local. De esta manera evitamos tanto el universalismo abstracto como el localismo folclórico.

Pocas veces como ahora, se ha de resaltar la importancia de anteponer la acción a la reacción; la concordia a la discordia; la prudencia a la arrogancia; el derecho antes de que la fuerza de los hechos; que nuestra constitución y el resto del ordenamiento no se les someta a más tensiones tan extremas que la víctima sea, ni por un solo instante, la convivencia ordenada de los españoles, necesitada más de igualdad, integración y justicia social que de división en los ciudadanos y de competiciones entre sus representantes políticos. Pensemos por esta tierra compartida, pensemos por un derecho común.

 

Editorial La Drecera 154. Noviembre - Diciembre 2015

Revista de la Patronal Agraria de Cataluña

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