LA TEMPLANZA

 

Mientras Maquiavelo decía en el Príncipe, del hombre obligado a dirigir,  "que tenga el ánimo dispuesto a cambiar según los vientos de la fortuna y según vengan las cosas. Prospera aquel que se adapta a los tiempos que corren y de la misma manera fracasa el que actúa a contracorriente”. En cambio, en una concepción radicalmente distinta de la política, encontramos el escritor y ex presidente checo Vaclav Havel, que expresa: "Enseñamos a los demás y a nosotros mismos que la política no puede ser el arte de lo posible, especialmente si el posible incluye el arte de la especulación, del cálculo, de la intriga, de los negocios secretos y de la pragmática manipulación, sino que debe ser el arte de lo imposible, el arte de mejorar el mundo y a nosotros mismos”.

Dos visiones opuestas, dos escuelas de pensamiento antagónicas. Maquiavelo representa el cínico que rehúsa hablar de buenos sentimientos, de causas nobles, aspira a ser eficaz sin atender a principios morales de rango superior. Havel es el idealista, el hombre que se levanta por encima de la mediocridad reinante, que no se resigna a aceptar la realidad. Trabaja por un sueño, por un ideal. La única manera de estar a la altura de las circunstancias es ser uno mismo, auténtico, no dejando que las voces del exterior ahoguen la propia, personal e intransferible.

Si la democracia se pelea con la inteligencia y la honestidad, si gana la sinrazón, perdemos todos. Un dilema crucial, ciudadanos libres informados, críticos e independientes o súbditos dóciles, dependientes, gregarios. La democracia requiere de los primeros, los segundos encajan bien en una inmensa guardería.

Es por ello que en momentos convulsos no podemos utilizar la indignación para superar los miedos. Si realmente queremos construir una sociedad más justa, más igualitaria y sustentable necesitamos del sentimiento opuesto a la indignación, la TEMPLANZA. La indignación alimenta la confrontación social, el tribalismo, al contrario que la templanza que alimenta la cooperación y la solidaridad necesitamos aparcar el lenguaje grandilocuente de la "lucha" y las "conquistas sociales" y abrazar el lenguaje humilde del consenso y el pacto.

Las situaciones de crisis no requieren ciudadanos indignados sino todo lo contrario, personas que fomenten la tranquiladad el sosiego, la reflexión, la alegría sensata de cambiar las cosas con pequeños pasos, ya que los grandes pasos suelen terminar con grandes caídas.

 

Editorial La Drecera 155. Enero  - Febrero 2016

Revista de la Patronal Agraria de Cataluña

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