Conviene preguntarse si no estamos confundiendo la protección del bosque con la renuncia a gestionarlo. La conservación del patrimonio forestal no depende únicamente de restricciones o de ampliar las figuras de protección. Depende, sobre todo, de que exista una economía capaz de generar valor a partir de ese patrimonio
Cada verano el debate se repite casi de forma idéntica. Los incendios forestales vuelven a ocupar titulares, se analizan las condiciones meteorológicas, se anuncian refuerzos en los medios de extinción y se reclama una mayor inversión pública en prevención. Sin embargo, casi nadie se pregunta por qué nuestros montes acumulan cada año más combustible del que somos capaces de gestionar.
La respuesta difícilmente puede encontrarse únicamente en el clima. La meteorología explica cuándo se inicia un incendio y cuál puede ser su comportamiento, pero no explica por sí sola la extraordinaria cantidad de biomasa disponible para alimentar incendios cada vez más intensos. Esa realidad responde, sobre todo, a un problema de naturaleza económica.
Durante las últimas décadas, Cataluña ha experimentado un incremento continuado tanto de la superficie forestal como de la densidad de sus masas arboladas. Los datos del Estado de la Naturaleza de Cataluña, del Observatorio Forestal y de la Oficina Catalana del Cambio Climático apuntan en la misma dirección: el bosque produce hoy mucha más biomasa de la que el sector forestal es capaz de extraer y valorizar. El resultado es una acumulación progresiva de combustible que incrementa la vulnerabilidad del territorio frente a incendios de gran comportamiento.
Desde un punto de vista técnico, el diagnóstico puede resumirse de forma sencilla: la política forestal ha dejado de gestionar el flujo para concentrarse casi exclusivamente en gestionar las consecuencias del stock. Cada año los bosques incorporan un flujo adicional de biomasa como consecuencia de su crecimiento natural. Sin embargo, la capacidad de extracción mediante aprovechamientos forestales permanece prácticamente estancada. La diferencia entre ambas magnitudes no desaparece, sino que se acumula. Ese excedente anual pasa a engrosar un stock creciente de combustible forestal que constituye la principal variable física sobre la que evolucionan los incendios de alta intensidad. Un capital natural forestal que ni se aprovecha ni se valoriza.
Esta perspectiva permite comprender por qué la prevención no puede limitarse a incrementar los recursos destinados a la extinción o a actuaciones puntuales alrededor de los núcleos urbanos. Esas actuaciones son necesarias, pero no alteran el balance material del sistema. Mientras el bosque incorpore más biomasa de la que la economía forestal es capaz de movilizar, el problema seguirá creciendo de forma silenciosa.
La cuestión de fondo es que la rentabilidad de la gestión forestal ha ido deteriorándose durante las últimas décadas. La desaparición de operadores, la escasez de mano de obra especializada, el aumento de las cargas regulatorias y la insuficiente demanda industrial de productos forestales han reducido progresivamente la capacidad del sector para transformar el crecimiento biológico del monte en actividad económica.
En este contexto, conviene preguntarse si no estamos confundiendo la protección del bosque con la renuncia a gestionarlo. La conservación del patrimonio forestal no depende únicamente de restricciones o de ampliar las figuras de protección. Depende, sobre todo, de que exista una economía capaz de generar valor a partir de ese patrimonio mediante la producción de madera estructural, biomasa, bioenergía, tableros técnicos, biorrefinerías, combustibles renovables o nuevos materiales de base lignocelulósica.
El invierno debería ser el periodo en el que se corrige ese desequilibrio entre el crecimiento del bosque y la capacidad de extracción. Sin embargo, año tras año comprobamos que el balance apenas cambia. Seguimos llegando al verano con un volumen creciente de biomasa acumulada y con una estructura forestal cada vez más favorable a incendios extremos. Desde esta perspectiva, el verano no hace sino revelar un problema que permanece prácticamente inalterado durante el resto del año. Y el fuego hace su trabajo desde el principio de los tiempos.
La experiencia demuestra que ninguna política de extinción será suficiente si no va acompañada de una auténtica estrategia de economía del monte. La prevención más eficaz no consiste únicamente en disponer de mejores medios cuando aparece el fuego, sino en evitar que el monte siga acumulando, año tras año, un combustible que nadie tiene incentivos económicos para retirar. Recuperar la función productiva del bosque no supone mercantilizar la naturaleza; supone devolverle el equilibrio que durante siglos mantuvieron quienes vivían y trabajaban en ella.
Julio 2026


